Federico García Lorca amaba a Barcelona y a Catalunya. En una carta a su amigo granadino, compañero de tertulia en su juventud granadina, Melchor Fernández Almagro, periodista, y más tarde sería historiador y académico, lo dice muy claro: «En cambio Barcelona ya es otra cosa, ¿verdad? Allí está el Mediterráneo, el espíritu, la aventura, el alto sueño de amor perfecto. Hay palmeras, gentes de todos países, anuncios comerciales sorprendentes, torres góticas y un rico pleamar urbano hecho por las máquinas de escribir. ¡Qué a gusto me encuentro allí con aquel aire y aquella pasión! No me extraña el que se acuerden de mí, porque yo hice muy buenas migas con todos ellos y mi poesía fue acogida como realmente no merece. Sagarra tuvo conmigo deferencias y camaraderías que nunca se me olvidarán. Además, yo soy catalanista furibundo, simpaticé mucho con aquella gente tan construida y tan harta de Castilla».